Archivo | octubre, 2011

«Mamá dijo»

25 oct

Madre e hijo (Pablo Picasso, 1905)

Sacá la basura

Tomá el dinero

Comprá el pan

Traeme el vuelto

Barré la alfombra

Sacá al perro

Lleváme a pasear

Besáme la oreja

Olvidáte de los chicos

Dejáme sola

Agarrá mis manos

Atáme fuerte

para que no me escape.

Leonor Silvestri

(Argentina, 1976)

Húmedos secretos bajo el corset

17 oct

Si quieres reírte del orgasmo y la masturbación anda a ver En la otra habitación.

Los vibradores me persiguen. Desde hace unos meses atrás no puedo dejar de hablar de ellos así que aprovecho cualquier momento para convertirlos en el tema de conversación y hablo de sus tamaños, colores, y sobre todo de cómo fueron inventados.

Mi vibrante obsesión se inició cuando leí este artículo y descubrí sorprendida que el vibrador no había sido creado después de la revolución sexual de los años 50, como yo creía, sino más de medio siglo antes.

 Manos a la obra

Durante las últimas décadas del siglo XIX, en plena era victoriana, una gran cantidad de mujeres sufría de histeria, una enfermedad  que se creía era producida por la congestión de fluidos en el útero.

Desmayos, insomnio, irritabilidad y pérdida de apetito eran algunos de los síntomas de este mal, cuyo tratamiento consistía en una serie de masajes manuales en la vagina, realizados con el único objetivo de provocar una reacción intensa llamada paroxismo, a través de la cual se liberaban los líquidos uterinos.

En esa época de rigidez moral y puritanismo social, los médicos empleaban el masaje manual (y posteriormente el vibrador) como parte de tratamientos terapéuticos que no tenían nada que ver con lo erótico.

Encerradas en sus estrechos corsets, las mujeres de ese entonces no conocían sus cuerpos y menos aún sus deseos sexuales, por eso eran incapaces de imaginar que el masaje manual era en realidad una masturbación, que el paroxismo era un orgasmo y que el fluido posterior a éste era la famosa eyaculación femenina.

Un milagroso aparato llamado vibrador

En la otra habitación se escuchan ruidos extraños: gemidos de mujeres que se prolongan durante minutos que parecen interminables. Al otro lado de la puerta, Catherine Givings trata de descifrar qué es lo que sucede dentro del consultorio de su esposo y porqué sus pacientes gritan de esa manera.

El Dr. Givings es un respetado médico de la alta sociedad victoriana de Nueva York y acaba de inventar un milagroso aparato que revolucionará el tratamiento contra la histeria: el vibrador.

Ese es el punto inicial de En la otra habitación de Sarah Ruhl, una excitante y electrizante comedia teatral acerca del matrimonio y el sexo, en una época en donde la intimidad era tan fría como el metal con el que estaba hecho el vibrador y la sexualidad de la mujer era un territorio desconocido.

Cuando salí del teatro lo primero que pensé es que acababa de ver una comedia erótica del siglo XIX. El humor fresco e inteligente de Ruhl fue capaz de crear una imagen que nunca olvidaré: la manera cómo los gemidos de placer de las actrices, durante los sucesivos masajes eléctricos, se confundían con las risas del público.

Quizás éramos nosotros los que habíamos sido sometidos a un tratamiento contra los prejuicios que, ahora más de un siglo después de la creación del vibrador, siguen reprimiendo nuestros  más profundos deseos sexuales.

+ En la otra habitación (o la obra del vibrador), de Sarah Ruhl. Dirigida por David Carrillo. Actúan: Vanessa Saba, Leonardo Torres Vilar, Norma Martínez. Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores). De jueves a domingo: Entrada general: S/.40.00, estudiantes: S/. 20.00. Lunes populares: Entrada general: S/. 30.00, estudiantes: S/. 15.00. Venta de entradas: Teleticket y boletería del teatro. 

«You know I’m no good»

12 oct

Amy Winehouse regresa para decirnos porqué es una chica mala.

Notas:

(*)Tanqueray: marca de ginebra.

(*) Stella: marca de cerveza.

(*) chips and pitta: bocadillo compuesto de papa y pan.

«Poema pornográfico»

10 oct

Fragmento de copa ática del artista Skythes

Siete marineros

cubanos

exiliados

estuvieron en mí

toda la noche.

Altos,

pulcros,

esbeltos

de rasgos hispanos

con suaves y oscuros

cuerpos musculosos

y pelos

como carbón húmedo

sobre sus cabezas

y entre las piernas.

Dejé de contar

las veces

que ellos

me fornicaron

en todas las poses

posibles.

En un momento

se pusieron de pie

a mí alrededor

formando un círculo

y tuve que arrastrarme

desde una entrepierna

hasta la otra

succionando

cada pene

hasta la erección.

Cuando lo logré

con los siete

me puse a temblar

observando

esas pollas rígidas

todas de distintos tamaños

y grosores

sabiendo

que cada una de ellas

me iría a entrar

por el culo.

Cada uno

de ellos

eyaculó

al menos dos

y algunos hasta tres veces.

Me colocaron

en la cama

de rodillas

alguno me dio

por detrás,

otro por la boca,

mientras hacía pajas

con cada mano

libre

y dos del resto

rozaban

sus pingas

en mis pies desnudos

esperando

el turno

de entrar

en mi agujero.

Justo al creer

que estaban todos

satisfechos

dos de ellos

se juntaron

penetrándome

al mismo tiempo.

Las posiciones

asumidas

eran grotescas

pero con dos

inmensas y gruesas

pollas cubanas

dentro del culo

al mismo tiempo

estaba

en el paraíso.

John Giorno

(Estados Unidos, 1936)

 

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