«Veneno para ratas»

11 May

Fotografía de Sally Mann

Vamos, la última vez que se te ocurrió tenías once años. Sin cavilarlo mucho, hundiste una, dos, tres, cuatro cucharaditas llenas de polvo dentro de tu vaso con leche y te pusiste tan nerviosa que, ante el menor ruido a la puerta y ante el temor a ser descubierta, te precipitaste a vaciarlo todo al plato del perro y lo mataste. Nadie te culpó por eso, nadie vio lo que hiciste, ni conocían tus intenciones; más se preocuparon al pensar que lo del perro era parte de una estrategia de malhechores para robar un día de esos la casa.

Sin embargo, tú que conocías la verdad te enfermaste de los nervios; tu conciencia pudo más y constantemente recordabas la agonía del animal retorciéndose en el suelo, su lomo erizado, sus ojos vidriosos, la espuma que escapaba de su hocico como si fueran palabras de auxilio. Tu desesperación por hacer algo, salvarlo, abrirle la boca, hacerle tragar agua, el animal mordiendo tu mano, defendiéndose de ti, aferrándose a la vida, y a pesar de ello, estiró la pata.

Explicarlo luego a tus tíos, que no tuviste la culpa, que no sabes cómo pasó, que tú estabas haciendo tus quehaceres en la cocina, que de pronto escuchaste un ruido afuera y saliste a ver, que lo encontraste tirado echando espuma, que trataste de hacer algo, pero que no pudiste salvarlo. Enseñarles tu mano herida, suplicar que no tuviste la culpa, esperar que no te golpeen.

¡Vaya perro tonto! Pero eso le pasa por galgo, por comer de frente, sin olisquear siquiera, que perro pa’ tonto, y tú también ¡Qué chiquita pa’ bruta! Agua sola, eso pa’ qué sirve. ¡Cómo! ¿No sabes que pa’l bocado se le da aceite o agua con jabón? Y tan caro que costó, y ahora pa’ conseguir otro. Ni modo mamita, mientras no hay perro tendrás que quedarte, ni modo, pues, no te podemos llevar con nosotros a la playa ¿Quién va a cuidar la casa?

Y luego tú, solita, por tres días en esa casa en Socabaya, prendiendo todas las luces, temiendo la oscuridad de la noche más que nunca, rezando por que nadie se meta en la casa, y menos se aparezca el almita del perro galgo a reclamarte. Pasar la noche aguantándote de ir al baño con tal de no salir al patio, empezar a orinarte en la cama otra vez y recordar cuando recién llegaste cómo te quemó tu tía el trasero al sentarte a la fuerza sobre un ladrillo caliente.

Vamos, y ahora tienes quince años y de nuevo los mismos pensamientos, decidida a vaciarte todo ese sobre de veneno para ratas. Deberías bajártelos a ellos más bien, vaciar todo en la olla de la sopa y luego verlos morir como perros, pero piensa ¿y la guagua? Es de tu tío, ese violador, pero es tuya también.

Elena de Yta

(Perú, 1985)

*Blog Sofá púrpura

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