«Tus juegos al despertar»

21 Sep

Ilustración de Sheila Alvarado

 

Sí, te gusta. Mientras te secas el cabello y las gotas de agua fría caen por tu cuerpo desnudo, la ves: aún en cama, cubierta hasta el mentón. Ha puesto un codo sobre las costillas y la palma de la mano bajo un pómulo. Sus párpados cerrados se mueven, como si estuviera en un sueño ligero. Coges la toalla y la frotas sobre tus hombros, despacio, crees que una fricción mayor podría despertarla. El reloj dice que son las 6:57, en tres minutos sonará la alarma y al abrir sus ojos podrás posar tu aliento fresco en sus labios, humedeciéndolos suavemente, decirle buenos días y alguna frase elegante, y quitarle las frazadas para calentar tu cuerpo mientras despiertas el suyo.

Se rasca la nariz con torpeza, usando solo el pulgar, pero tienes la certeza de que duerme. Ella es así. Ha girado bruscamente y está a punto de caer al suelo. Se sujeta con la otra mano a una almohada, quizá para sentir seguridad. Acaricias tu sexo despacio. Miras cómo el cabello desordenado le cae por el rostro, sus rizos hechos ahora un amasijo confuso. Parece que te gusta así, pues sonríes. Te sientas en el filo de la cama para abrazarla por detrás cuando despierte. Suena la alarma, pero la apaga de un manazo violento, y te asustas. Extiendes tu brazo para cogerla por la cintura pero ella da unos golpes al despertador y se hace un ovillo. Alzas los ojos: ha puesto la alarma a las 7:10. “Ah, marmotita dormilona, quieres un poco más de sueño”, dices en voz baja. Ella no responde. Ha vuelto a dormir instantáneamente. Ríes, tal vez mirarla unos minutos más así, jugando, te es un descubrimiento agradable.

Son pareja hace varios meses y todavía te sorprende. Esas pequeñas revelaciones te gustan más que detalles de su pasado, su trabajo o su familia. En el espejo al otro lado del dormitorio sus reflejos están algo oscuros: es un día sin sol, y tu cuerpo se ve en tonos grises, su rostro es una máscara opaca. La ves ahora en el espejo, sus párpados han vuelto a temblar. Ella muerde la sábana más delgada, y sientes cómo arquea los pies.

“Eres una marmota”, le dijiste hace unos días cuando pasaron toda una mañana en cama, casi sin hablar, solo contándose algunas historias de cuando eran niños, y te confesó que le gustaba pasar los sábados durmiendo y que es capaz de dormir en los sitios más inverosímiles, como un concierto de rock o parada en el autobús. Como te reíste, ella hizo un puchero. La conoces tanto tiempo y todavía no sabes si cuando los hace está molesta o solo es un gesto infantil. Creo que lo segundo te gustaría más. Quizá le dices cosas por complacerla, algo que la haga reír. Su relación se basa demasiado en las palabras. Esa vez le dijiste: “cuando las marmotas salen de sus madrigueras es señal de que ha empezado la primavera, o al menos así pensaban los pioneros americanos”, algo así, y ella te besó. No viste su sonrisa porque cerraste los ojos y luego se echó encima tuyo.

7:08. Echa sus hombros hacia atrás, levantándose un poco. Yergue los pechos, que intuyes fríos y firmes. Te le acercas, pero gira y cae otra vez con la cara sobre la frazada. Te ves como si quisieras decirle algo, despertarla. Pasas tus manos sobre tu vientre, tus vellos se erizan. ¿Sientes frío? ¿Miedo? Ya no la miras, tienes los ojos fijos en el techo blanco de la habitación, en el ventilador ridículo que no usarán hasta el verano que hoy parece imposible.

Ella hace un sonido agudo, nasal, profundo. Como cuando la empiezas a tocar, suelta el gemido primero. El que te hace desearla más, el que imitas a veces a escondidas, cuando ella está de viaje. Sus manos se esconden bajo las frazadas, debe estar tocándose despacio, frotándose con las uñas largas, que llevan una manicure francesa. Tú parpadeas mientras te abrazas a tus piernas.

La alarma te sobresalta, mueves bruscamente la cabeza para verla pero antes que le hables ha vuelto a golpear el despertador y empieza a tocar los botones. Parece que suspiras, pero no es un suspiro, es una queja, un engreimiento. Vuelves a ponerte de pie: la alarma está ahora programada a las 7:20. Miras con resignación la gaveta donde está tu ropa de trabajo pero no te animas a pararte y abrirla. ¿No te importa llegar tarde?

Ha vuelto a gemir. Tú mueves la cabeza, en un balanceo extraño. Lo haces cada vez más rápido, jalas tus cabellos, tus pupilas están dilatadas. ¿Por qué tantas ansias? Sus gemidos te inquietan, tu espalda suda. Tiemblas. Abre los brazos como si fuera a despertar, como si fuera a abrazarte. La miras fijamente, vas a decirle algo pero se te adelanta. Susurra un nombre: Lily.

Miguel Ángel Vallejo

(Perú, 1983)

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