«La verdad»

12 Oct

Pintura de Oswaldo Guayasamín

Has despertado con la frase cincelándote la cabeza: «Tú eres primero». Ayer pasaste la tarde en la peluquería, buscando una dosis de oxígeno contra tu asfixiante rutina, y regresaste a casa con la vieja herida escociendo nuevamente. Anoche apenas te ardía; hoy te sangra mientras recuerdas la escena. La peinadora te recomendó el tinte más caro y tu vecina de asiento se sorprendió al escuchar que no pretendías  engreírte un  poco. «Tú eres primero, hijita, date un gusto». Sólo un amable roce sobre la zona afectada y los pensamientos destructivos ya pugnan por intervenir dentro de ti. Otra vez, caminas al filo del  peligroso abismo. ¿Hace cuánto tiempo que no piensas en ti, Úrsula?

Es tarde y debes apresurarte para llegar a tiempo a todo. Siempre consideraste tu puntualidad como una virtud, hasta que te llegó la maternidad: entonces tu andar veloz y seguro se volvió torpe y cojo, arrastrando a tus dos pequeñas cargas, a quienes ya deberías estar llevando al nido. En vez de eso, persigues a Natalia, de tres años, por toda la casa para vestirla, mientras que Emilia, de cinco, no termina de elegir su peinado. Las adoras, pero ¡cómo te desgastan el cuerpo y el alma! El espejo te enfrenta cada día con la cruel metamorfosis por la que dejaste de ser mujer y te convertiste en madre. Una mujer es pretenciosa por naturaleza, quiere ser atractiva y sensual, mientras que una madre sacrifica su cuerpo. Podrías soportar la deformidad de tus pechos y cintura, la flacidez de tu abdomen; podrías tolerar incluso la celulitis, acurrucada ya para siempre en tus caderas y muslos, pero más evidentes son las marcas sobre tu cara: los desvelos han ensombrecido tus ojos y opacado el alegre verde que antes lucían orgullosos, los constantes cambios de humor han surcado tu rostro con las abominables líneas de expresión y la angustia ha sembrado tu cabeza de canas, que ayer cubriste con tinte pero que siguen ahí. Imposible olvidarlas.

—¿Aló? —al fin hallas el celular que timbra implacable en el último escondite de la cartera.

—Hola, Úrsula, ¿dónde estás?

—Hola, mami. Acabo de dejar a las niñas en el nido, ahora me voy a la oficina.

—Ah, ya las dejaste en el nido, sí pues, ya son las ocho y media. Oye, ayer que me las dejaste se portaron muy bien, ¿ah? Sólo se pelearon un par de veces, pero así son los niños, hija. ¿Cómo está Ernesto?

—Está bien. Salió tempranito hoy.

—Claro, el pobre trabaja tanto por ustedes. ¿Y tú cómo estás?

—¿Yo? Muy bien, mami, muy bien.

Falso. Resbalas en la mentira, Úrsula. Con frecuencia le mientes a tu madre para no preocuparla, porque la verdad es que andas cada vez peor. No tienes la vida que querías para ti. Estudiaste derecho con resultados sobresalientes, y te luciste ocho años en el estudio, aunque ahora tal vez nadie lo recuerde. La maternidad te impulsó a hacer un alto en tu carrera, pues, cuando se es perfeccionista como tú, la capacidad de ejercer varios roles a la vez se limita. En su constante y muchas veces empalagoso intento por hacerte feliz, Ernesto te ha conseguido la oportunidad de apoyar durante las mañanas el departamento de ventas de una importante agencia de viajes y ahí has descubierto algo que te gusta. Quisieras aprender marketing. Tal vez, en un par de años.

La mañana se pasa muy rápido en la oficina cuando te das cuenta de lo útil que puedes ser. Los demás valoran tu trabajo y te repiten siempre lo bueno que sería tenerte el día completo. Tal vez, en un par de años. Por ahora tienes que volar al nido a recoger as las niñas. Al llegar, la profesora de Emilia te saluda efusiva, te muestra su sonrisa de dientes blancos para solicitar tu ayuda en la fiesta de la Primavera el próximo viernes. «Encantada, ningún problema».

¡Qué fácil es resbalar en la mentira, Úrsula! ¿Ningún problema has dicho? Tú trabajas el viernes, pero cómo negarte a estar con tu hija, si tu principal rol es el de madre. Tendrás que faltar a la oficina. Parece que cada vez que emprendes un proyecto personal surge un obstáculo. Te pasas las noches devorando libros de autoayuda, ilusionándote con identificar el don que llevas dentro, seguir tu leyenda personal, pero tus hijas son primero. De joven, orientaste tus decisiones para complacer a tus padres, profesores, jefes, pareja. Sin embargo, tu verdadera esclavitud empezó con las niñas. Sus necesidades, fiebres y rabietas son el golpe de realidad que te recuerda que tu vida ya no es tuya, ha quedado hipotecada para siempre a favor de estas chiquillas que algún día crecerán y se largarán sin agradecerte y tú te quedarás pastando el vacío.

Empieza la tarde en tu casa, el pequeño y acogedor departamento que han comprado Ernesto y tú a plazos. Catorce meses más y será suyo por completo. Tu departamento, Úrsula. Basta poner un pie dentro para sentir lo mucho que has dedicado a vestir tu hogar: los colores tierra de las paredes, la disposición de los muebles que fuiste comprando de a pocos en las rebajas, los cuadros de pintores jóvenes, la mesa de vidrio sobre la cual un enorme jarrón luce siempre flores frescas y, junto a ellas, los libros de Feng Shui que algo ayudaron en la decoración, pero que no te quitan la autoría de la obra. A veces te sientas en la sala a mirar tu trabajo y te enorgulleces de haber hecho algo bien.

—Mami, no quiero las lentejas. Son feas.

Natalia te trae de vuelta al mundo tangible. Hoy es martes de menestras, su plato más odiado. Antes de empezar a trabajar en la agencia de viajes, te pasaste toda una tarde diseñando un menú balanceado de comidas para cada mes, así no tienes que escuchar a la empleada preguntar qué cocinará y tus hijas se nutren como debe ser. Pero a Natalia esto le importa un pepino. Durante casi una hora la distraes, le cantas, le inventas historias de animales juguetones y logras que engulla la mitad del plato. Suficiente.

—Mami, ¿a qué hora vamos a la fiesta de Camila?

—¿La fiesta de Camila?

—Sí, tú me dijiste que era hoy día. Mira, pegaste la tarjeta en el refrigerador —Emilia agita el colorido cartoncito con aire triunfal.

Olvidaste por completo esta invitación. Suspiras pensando que tendrás que parar en el camino a comprar el regalo. Emilia, como siempre, no quiere vestirse con la ropa que escogiste para ella, así que le das dos alternativas más y a regañadientes acepta la combinación inicial. Media hora más para que elija zapatos y adornos de pelo y finalmente puedes salir. En la fiesta, tus amigas hablan de rutinas de gimnasia, cirugías y juntarse para el cafecito. Tal vez, algunas mujeres logran seguir siéndolo a pesar de la maternidad.

Llega la peor hora del día. Al menos, la surtida merienda en la fiesta te exime de dar de comer a Natalia otra vez. La empleada te reporta que la lavadora ha estado fallando. «Mañana, Sonia, mañana lo vemos. A la tina, niñas». La tierna escena de las dos pequeñas cubiertas de jabonosa espuma, riendo alegres, te hace sonreír a ti también. Pero entonces empiezan a chapotear. «No echen tantos juguetes al agua, enjuáguense, no salpiquen, no peleen, salgan de una vez, ¡a mamá se le obedece a la primera!». Ernesto llama por teléfono, siempre en un mal momento, siempre ignorante de tu rutina. Su vida transcurre en algún mundo paralelo al tuyo, donde las niñas y tú son sólo una imagen congelada que saluda desde una fotografía sobre el escritorio.

—Hola, mi amor, ¿cómo estás?

—Ahí, bañando a las niñas.

—Me duele un poco la cabeza, pero tengo que salir a comer con unos clientes, no me prepares nada. Quería avisarte que mañana me voy a Trujillo un par de días. Te voy a extrañar, gordita.

—Yo también.

Otro resbalón en la mentira. ¿Extrañarlo? Será maravilloso poder relajarte con el control remoto para ti sola. Sintonizar una buena película de ésas que nunca puedes ver con él. Su dolor de cabeza te tiene sin cuidado, pues no es la primera vez que el estrés le afecta la salud. ¿Y tus dolencias, qué? A él se le entumece el cuerpo, a ti el alma. Estás haciendo de la comprensión una forma de vida y una rabia volcánica te invade el pulso. Cuidado, Úrsula, vas a empezar a caer otra vez. Estás al borde del abismo, el próximo resbalón te lanzará hacia el duro y fangoso fondo del que tanto te cuesta levantarte.

Emilia y Natalia pelean por darle de comer a la tortuga. Sonia trata de calmarlas, pero no le hacen caso. Quieres colgarlos a todos en el clóset, a tus hijas, a Ernesto y a la empleada. «¡Basta, niñas, saquen las manos de la pecera!». Piensas que ojalá la maldita tortuga amanezca flotando muerta en ese inmundo tanque.

—¡Mami, Emilia me pateó! —Natalia llora a mares, tú ya no puedes más.

—¡Ya basta! ¡ya basta!

¿Qué haces, Úrsula? Le pegas a Emilia. Hundes tu fuerza rabiosa en la cara indefensa de tu hija. Sus ojos aguados se clavan en tu conciencia, su mirada de miedo te acusa y te destroza. Es el golpe final después de la estrepitosa caída. Ahora yaces inmóvil, inerte en el fondo del abismo, el corazón latiendo contra el suelo.

Levántate, Úrsula, tienes que seguir. Es hora de llevar a las niñas a la cama, rezar de memoria el Ángel de la Guarda, haz de mí una niña buena, haz de mí una madre buena. Las acuestas, las miras dormir, las besas en la frente con remordimiento. Lo que más quieres es que sean mejores que tú. Para ti, ser madre es levantarte cada día con la firme intención de marchar un paso por delante de tus hijas, y acostarte cada noche con la angustia opresora de saberte un paso atrás.

—¿Qué va a comer, señora? —pregunta Sonia.

—Nada…una fruta…No, nada.

El hambre ya no existe, los sabores ya no existen, sólo la amargura de tu descontrol. Ernesto llega tarde, pero te encuentra aún despierta frente al televisor. Está tan pulcro como cuando salió esta mañana, con su terno impecable y su pelo engominado.

—¿Cómo estás, mi amor? ¿Qué novedades? —pregunta con un beso.

—¿Quieres que te diga la verdad? —dices, mirando la pantalla.

Susanne Noltenius

(Perú, 1972)

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