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Bajo la mirada de otros

11 Dic
The bath (Boris Ignatovich, 1935)

The bath (Boris Ignatovich, 1935)

“Las vidas de la mayoría de los hombres están limitadas y sus intereses son diariamente mutilados por la necesidad constante de probar a sus compañeros, y a sí mismos, que no son afeminados ni homosexuales”.
(Geoffrey Gorer)
 

Hace un tiempo atrás, en setiembre del 2012, en Lima se desató la polémica en torno al comediante peruano Carlos Álvarez que apareció en un show de variedades imitando al futbolista, también peruano, Paolo Guerrero. Como se puede apreciar en este video se hacen continuas referencias a la supuesta homosexualidad del jugador. Luego de este suceso, en un noticiero local, un enfurecido Paolo Guerrero tilda de “maricón” al comediante, a lo que éste responde con una amenaza de denuncia por difamación. Finalmente, el asunto no llegó a mayores y  todo se solucionó  pacíficamente.

Pero lo que me llama la atención del caso no es la parodia del  cómico (que tiende a imitar a todos sus personajes como amanerados o afeminados) sino el significado que cobra ser acusado o señalado como homosexual en nuestra sociedad. Especialmente si eres una figura pública y un sujeto que representa la masculinidad hegemónica en su más pura esencia como es el caso de Guerrero.

Por otro lado, desde hace un par de años que pertenezco a una asociación universitaria que se encarga de difundir animación japonesa. Hace algunas semanas, me reuní con  algunos miembros de este grupo para decidir qué series se proyectarán el próximo ciclo. Lo que me pareció curioso es que a cada título que recomendaba, un compañero siempre me preguntaba si sucedía algo “raro” entre los protagonistas que eran hombres.

Sin duda, este compañero tiene actitudes homofóbicas, y no es la primera vez que las demuestra, pero este evento en particular me hizo cuestionarme un par de cosas: ¿por qué alguien que afirma ser heterosexual estaría tan obsesionado con la homosexualidad? Ni siquiera yo, que estoy interesada en el tema, me la paso tanto tiempo pensando o hablando sobre homosexualidad. La pregunta rondó en mi cabeza por varios días hasta que finalmente hallé un texto que disiparía todas mis dudas.

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Entre machos

A diferencia de las mujeres, a las cuales se nos considera “naturalmente” femeninas, los hombres tienen que probar continuamente su virilidad. Viven su masculinidad de acuerdo a las exigencias y siempre bajo la constante mirada de otros hombres, quienes actúan como jueces y verdugos de sus pares y de sí mismos.

La búsqueda desesperada e incesante de aprobación por parte de los otros hombres con los que se relacionan, en cualquier tipo de contexto (familia, trabajo, amistad), es lo que conduce sus vidas. Para demostrarse a sí mismos, y a los demás que son “hombres de verdad” de acuerdo a los indicadores de virilidad que ya hemos mencionado en un post anterior: repudio de lo femenino; poder, éxito, riqueza, posición social y mujeres atractivas; prohibición en torno a mostrar las emociones; osadía varonil y agresividad.

Este es uno de los aspectos centrales de la masculinidad y también una de las principales razones por la cual ésta es tan frágil. No sólo se debe a los altos estándares que se tienen sobre lo viril, que rayan en lo utópico, sino a que en cualquier momento puedes ser señalado como no suficientemente masculino por tus pares.  Ante esa situación solo queda redimirse de algún modo, ya sea alardeando sobre una nueva conquista o hablando sobre un posible ascenso en el trabajo. Pero el fracaso previo no quedará en el olvido. En este sistema de calificación de la masculinidad cada “éxito” y “fracaso” quedan grabados en un expediente ficticio.

Bajo el esquema en el cual se configura la masculinidad, la búsqueda del modelo ideal (utópico) que se intenta alcanzar a toda costa y la vigilancia de los otros hombres quienes cumplen la función de “policía de género”, ésta se torna en una competencia implacable e intensa, de la que finalmente nadie va a salir vencedor.

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La homofobia es gay

En el 2006, en Gran Bretaña se inició una campaña para combatir la homofobia y el bullying en las escuelas. Se hizo uso del eslogan “Homophobia is gay” (La homofobia es gay), jugando con el doble significado que tiene la palabra gay en inglés, que también significa  “bazofia o escoria” y es empleada usualmente con denotaciones peyorativas entre los jóvenes.

Aunque aquí, en Latinoamérica, la palabra gay posee un solo significado pienso que no hay ninguna frase que defina mejor la homofobia, especialmente después de leer a Michael S. Kimmel. Para este sociólogo, la homofobia es el miedo a ser percibido como gay. Mientras que la RAE (Real Academia Española) define la homofobia como una “aversión obsesiva hacia los homosexuales”, es en realidad un fenómeno mucho más complejo cuya característica más representativa es el miedo. Miedo de no ser un “verdadero hombre”, miedo de que descubran que en realidad eres un farsante, miedo de que descubran que tienes miedo.

Es este miedo el que domina todos los patrones de la masculinidad hegemónica, tal como podemos observar en este comercial de cerveza.

La definición actual de masculinidad hace que cualquier gusto, afición o comportamiento que se considere femenino sea descartado para que los hombres puedan cumplir con los estándares de virilidad y puedan ser reconocidos por sus pares como “hombres de verdad”. Bajo este concepto, al ser concebido el deseo homoerótico como el deseo por otros hombres, actitud exclusivamente femenina, tiene que ser desechado. La homofobia es el esfuerzo por suprimir ese deseo.

Prueba de ello son algunos estudios psicológicos, la mayoría realizados en Estados Unidos, que afirman que un alto porcentaje de homofóbicos sienten deseos homosexuales. Sin duda alguna, esta nueva definición de homofobia nos permite tener una visión mucho más adecuada para abordar esta problemática.

+Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina. Michael S. Kimmel. Theorizing masculinities, editado por Harry Brod y Michael Kaufman. California (Estados Unidos), 1994.

Jugando a ser mamá

28 Sep
 
Vamos siendo preparadas y educadas,
desde que nacemos,
para la procreación y la maternidad”.
(Marcela Lagarde)
 

Bebés de plástico que hablan, parpadean, roncan, lloran y duermen, y niñas que corren a atenderlos mientras sus madres sonríen satisfechas, al ver cómo sus hijas se preparan para ser futuras mamás.

Eso es lo que nos muestra la publicidad dirigida a las niñas más pequeñas quienes, en algunas ocasiones, apenas llegan a los cinco años.  ¿Pero por qué las tareas de crianza se convierten en la diversión exclusiva de las niñas? ¿Jugar con estas muñecas, cada vez más parecidas a bebés reales, es acaso una manera de prepararte para cumplir con uno de los mandatos primordiales de tu condición como mujer: ser madre?

Nuestra niñez estuvo libre de muñecas, al menos de las que tenían forma de bebé. En cambio, los estantes de nuestro cuarto estaban llenos de animales de peluche o de plástico, compañeros de aventuras que salían con nosotras a la calle o que, sobre la cama, se convertían en valientes personajes capaces de volar por el cielo raso, navegar mares en barcos piratas hechos de cartón y estar listos para sentarse a nuestro lado, cuando mamá o papá gritaban: ¡Ya está lista la cena!

En vez de recluirnos en casa, arrullando a un bebé de mentira, paseábamos en bicicleta; en lugar de cambiar pañales vacíos, nos divertíamos corriendo y jugando con otros niños; en vez de preparar la comidita para nuestro pequeño, elaborábamos elíxires hechos en base a hojas y flores de colores.

Desde niñas nos negamos a ejercer el rol de mamá, y si bien en ese entonces no nos cuestionábamos por qué todos los juguetes para niñas tenían que ver con la crianza de bebés y con las tareas domésticas, ahora sabemos que tras la aparente inocencia de estos objetos infantiles, se esconden instrumentos de manipulación: armas que nos preparan para cumplir el rol de madres al que estamos destinadas las mujeres.

Las pequeñas mamás de hoy

No hay duda que, en el mercado de los juguetes para niñas pequeñas, las muñecas bebés ocupan un lugar privilegiado desde hace varias décadas. Cada tienda tiene reservado para ellas  un pasillo color de rosa, donde las muñecas aguardan silenciosas a que sus futuras dueñas-mamás las elijan y las lleven a casa para convertirlas en sus hijas.

Adiestradas por sus propias madres y motivadas por la publicidad dirigida a ellas, estas niñas aprenden que criar un bebé es divertido, aunque requiera cada minuto de su tiempo, incluso si esto las deja agotadas: la tarea de ser mamá nunca termina. Desde que se levantan hasta que se acuestan, el centro de su atención es su bebé y todos los cuidados que este requiere.

Bajo una apariencia inocente y tierna, los comerciales de muñecas hacen uso de melodías o canciones infantiles, cuyas letras en realidad revelan el objetivo oculto detrás de estos juguetes: enseñar a las niñas a cuidar a un bebé. Recluidas en una habitación, las pequeñas comparten sus primeros saberes maternos y aprenden juntas la función que cumplirán en el futuro.

Cada vez más sofisticados y con características que los asemejan a bebés reales, hoy en día estos juguetes requieren de mayores cuidados, por eso estas niñas tienen que seguir al pie de la letra el consejo de sus madres y cumplir con una rutina diaria que cada vez parece menos un juego.

¿Pero por qué los bebés son juguetes reservados para las niñas? ¿Acaso estas muñecas nos atraen porque activan el supuesto instinto maternal que llevamos dentro? ¿O será que ellas simplemente son herramientas para el adoctrinamiento de los roles de género que la sociedad nos inculca desde temprana edad?

 

Más que una muñeca: un bebé

Quizá para poder entender lo que estos comerciales reflejan sea necesario ahondar un poco en la condición de género femenino. Este es un concepto relacionado con un tema que abordamos en un post anterior: al nacer se nos otorga un género (femenino o masculino) y el pertenecer a este implica que tenemos ciertas cualidades y aptitudes innatas.

De acuerdo a esto, el género femenino ha sido determinado en base a su capacidad para reproducirse, por ello la maternidad es el rol primordial de una mujer. O al menos eso se creía hasta el surgimiento de las teorías contemporáneas de género, ocurrido hace poco más de medio siglo.

¿Pero qué implica ser mamá? Significa no solo producir otros seres en nuestro cuerpo, sino también ocuparnos del cuidado de ellos. Se supone que, para lograr esto, estamos dotadas de un instinto maternal que nos permite llevar a cabo la crianza de los hijos y las tareas domésticas de una manera que ningún hombre podría. Y es que supuestamente nosotras, tan solo por el hecho de ser mujeres, sabemos de manera natural barrer, cocinar, lavar, planchar, cuidar y otras actividades similares.

Sin embargo, y tal como afirma Marcela Lagarde, desde que nacemos las mujeres somos preparadas y educadas para la procreación y para la maternidad. Los comerciales de muñecas son una muestra tangible de ello.

Basta prestar atención a lo que dice este tipo de publicidad para darnos cuenta que estamos ante algo más que simples juguetes. Más que una muñeca, un bebé, afirma la voz en off del comercial de Baby bebé, mientras que la de Lucy La Le Lu entona dulcemente la frase Aprende a cuidar con amor a un bebé, y en el aún más explícito aviso publicitario de Little Mommy se usa el eslogan Para las pequeñas mamás de hoy.

Como podemos observar estos tres comerciales tienen varios puntos en común: todos ellos se desarrollan en las habitaciones de las niñas, espacios privados reservados únicamente para ellas y en donde la única presencia adulta es la de la mamá; los bebés requieren un cuidado intensivo que ocupa todo el tiempo disponible de estas niñas (tal como escuchamos en el aviso de Little Mommy: la diversión no tiene descanso); estas muñecas y sus accesorios son el único tipo de juguete que tienen estas niñas; la actitud de las pequeñas manifiesta una búsqueda obsesiva de la perfección: son mamás que viven pendientes de sus hijos.

Felizmente, frente a esta pesadilla publicitaria color de rosa, existen niñas como Riley, que no se dejan engañar por lo que los comerciales le dicen: ella elige lo que realmente le gusta.

+ Identidad de género. Marcela Lagarde. Curso ofrecido en Managua (Nicaragua), 1992.

(*) Este post fue escrito por Nina Nin y Ren Murasaki.

¿Hombrecito o mujercita?

29 Jun

Sobre una cama, una mujer embarazada y un hombre conversan acerca del futuro sexo del bebé por nacer: él, con una sonrisa en los labios, cree que su hijo será varón y ya está pensando cuál sería el nombre ideal; mientras que ella, con seguridad, afirma que su vástago será mujer.

Pero de pronto, el bebé elige lo que quiere ser y aunque esta elección no revele su género sino más bien su profesión, este comercial fue el punto de partida para ponerme a pensar en esa famosa pregunta que todo futuro padre o madre, en algún momento, escucha: ¿será hombrecito o mujercita?

Parece ser que cuando te acercas a los 30 años eres presa de una nueva moda (que nunca pasa de moda): tener hijos. Sino díganmelo a mí que, últimamente y cada vez con más frecuencia, veo cómo, una a una, amigas o personas que conozco usan las redes sociales para anunciar sus embarazos o presentar a sus flamantes bebés en innumerables fotografías.

Pero mientras los demás a mi alrededor se reproducen, yo comienzo a preguntarme qué es ser mujer y qué es ser hombre y qué rol cumplen nuestros padres en la formación de nuestra identidad de género.

Y la pregunta del millón es…

Hace unos meses atrás fui por primera vez a un baby shower y poco después, en un almuerzo, fui testigo de una conversación que para muchos futuros padres debe ser bastante común. Luego de que un compañero de trabajo comentara que su esposa estaba embarazada, alguien le hizo la pregunta del millón: ¿y qué va a ser: hombrecito o mujercita? Él respondió que no sabía, que era muy pronto todavía para que pudiera verse el sexo del bebé en una ecografía.

En un principio, la definición del género de cada persona se basaba en ciertas características sexuales y corporales, como por ejemplo, la presencia de determinados órganos genitales (pene o vagina), lo cual daba como resultado que el bebé sea denominado hombre o mujer, según fuese el caso; asignándosele así el género masculino o femenino, respectivamente. Se consideraba entonces que, por naturaleza, estas son las dos únicas opciones genéricas.

Sin embargo, las teorías contemporáneas de género, que surgieron poco antes de la segunda mitad del siglo XX, proponen algo diferente: para ellas, ser hombre o ser mujer no es una cualidad natural sino más bien una categoría histórica. Es decir que, no porque tengamos un cuerpo de mujer, nuestro destino natural es ser madres, hacer las labores domésticas y ejercer un rol pasivo en nuestra vida sexual, ideas estas, entre otras, que han predominado en culturas como la nuestra.

El género, lo femenino y lo masculino, es construido a lo largo de la historia y en cada cultura, a partir de las características sexuales: los seres humanos son clasificados y de acuerdo a sus cuerpos se les otorga roles sociales y formas de comportamiento que deben cumplir. Pero nada de esto es natural, sino que es una creación sociocultural.

Si en la actualidad predomina la idea de la existencia de dos únicos géneros (masculino y femenino) es porque en sociedades donde existían más diversidad de géneros se impuso la organización social en torno a esos dos. Pero que este sistema genérico se haya generalizado y sea el dominante en todas o casi todas las culturas del mundo, no significa que sea producto de la naturaleza: ser hombre o ser mujer no es un hecho natural, es algo que nos enseñan a ser desde que nacemos y abrimos los ojos por primera vez.

¿Yo puedo ser lo que quiera ser?

Desde que nace, (tu hijo) ya puede ser lo que quiera, es el eslogan de este comercial sobre un seguro para fondo universitario, pero luego de leer a Marcela Lagarde, me pregunto una y otra vez en qué medida la influencia familiar, social y cultural ha influenciado en mi identidad de género. Porque si en realidad no nacemos mujer u hombre sino que aprendemos a serlo, el rol que cumplen nuestros padres es fundamental: ellos son los primeros que nos enseñan cuál es nuestro género y cómo debemos comportarnos de acuerdo a él.

Esto último queda ejemplificado en la importancia que tiene para los futuros padres saber el sexo del bebé antes de su nacimiento. Muchos dirán que conocer este dato sirve para ir eligiendo el nombre o para comprar la ropa adecuada para cada uno. Así, si es niña será todo rosa y si es varón todo azul, aunque también se pueden emplear colores unisex (amarillo y verde, por ejemplo), tal como indican las páginas web especializadas en bebés.

Precisamente, este tema de la ropa cobró una importancia trascendental cuando fui a comprar el regalo para el baby shower. Al acercarme a la zona de bebés de un supermercado, habían dos estantes separados: por un lado, estaba la ropa de hombrecito, que  tenía trencitos y avioncitos y predominaba el azul; mientras que al otro lado, estaba la ropa de mujercita, la cual tenía maripositas y florecitas y predominaba el rosado.

Parece que las marcas de ropa de bebé tienen muy claro que solo existen dos géneros y que a cada uno de ellos le corresponde determinados colores y figuras con los cuales se van a identificar sí o sí. Y los padres, primeros maestros en el arte de encasillarnos en uno de estos dos géneros, siguen pensando que a sus hijos, naturalmente, les gustará esto o aquello.

+ Identidad de género. Marcela Lagarde. Curso ofrecido en Managua (Nicaragua), 1992.

El amor romántico es una ficción

2 Jun

Cuando en 1950, una revista norteamericana le pidió, a Robert Doisneau, imágenes que retrataran a parejas de enamorados en París, al fotógrafo francés no se le ocurrió mejor idea que hacer una colección llamada Besos.

Doisneau tampoco pudo imaginar que El beso, una de las fotos que componía esta serie, se convertiría en la más importante de su carrera, no sólo por la popularidad que trajo consigo sino también por el juicio que cuatro décadas más tarde el artista galo tendría que enfrentar debido a ella.

Una pareja de jóvenes enamorados besándose en los labios, en la mejilla, con pasión o con ternura, en medio de las calles parisinas y ante la mirada curiosa de los transeúntes; así son las imágenes que Doisneau fotografió por ese entonces y El beso contiene los mismos elementos: un par de muchachos que interrumpe su caminar para unir sus labios, él gira su cabeza hacia ella, quien inclina el rostro para recibir ese beso apasionado que pasaría a la historia como una representación del amor romántico y de París como la ciudad del amor.

Y es que el plus adicional de esta imagen era que todos pensaron que esta foto había sido espontánea y Doisneau no lo negó: él había tenido la habilidad de capturar ese instante, ese beso “espontáneo” protagonizado por dos estudiantes de arte dramático, a quienes el fotógrafo había conocido en un café y que habían aceptado posar para él.  Ese era su más grande secreto profesional, que quedaría al descubierto años más tarde, desmitificando así el amor romántico que esta imagen representaba a la perfección.

Fue en 1993, cuando Françoise Bornet, la chica que aparece en la famosa foto, reclamó parte de las ganancias que este retrato había generado a lo largo de cuatro décadas. Sólo entonces, Doisneau confesó todo: no sólo presentó, ante un jurado, la serie de fotos tomada a la misma pareja en diferentes lugares de París, sino que comprobó que les había pagado a ambos actores por su trabajo.

Cuando la Bella se enamora de la Bestia

14 Feb

Bella es una humilde, hermosa y amable joven que, con tal de proteger la vida de su padre, sacrifica su libertad y sus sueños al convertirse en prisionera de la horrible, violenta y dominante Bestia. Pero la magia de Disney no tarda en convertir esta terrible historia en un cuento de hadas en el que ella, al parecer presa del síndrome de Estocolmo, se enamora de él.

Con el cine me pasa lo mismo que con la literatura: cuando vuelvo a ver una película o a leer un libro después de varios años encuentro cosas que antes ni siquiera había intuido que estaban ahí. Ahora que he vuelto a ver La Bella y la Bestia de Disney me ha pasado exactamente eso.

Hace más de dos décadas atrás mis ingenuos ojos de niña de 8 años sólo encontraron en esa historia la conocida moraleja que dice que la belleza está en el interior, pero ahora mi mirada de mujer al borde de los 30 años sólo encuentra algo inquietante que se repite a lo largo de toda la película: la violencia de género.

La belleza está en el interior

La Bella y la Bestia, al igual que otros cuentos de hadas tradicionales de Europa, posee muchas versiones, pero el filme de Disney se basa en una de las más difundidas, escrita por la francesa Jeanne-Marie Leprince de Beaumont en 1757.

Esta historia, aunque presenta ciertas variaciones, mantiene los elementos esenciales del cuento original: Bella es una joven de origen humilde y de espíritu soñador -que vive con Maurice, su padre, en un pequeño pueblo – y cuyos atributos más destacables son la gran belleza que posee y su gusto por la lectura.

Cierta noche, tras encontrarse perdido en medio del bosque, Maurice se refugia en un enorme castillo que parece estar abandonado.  Sin embargo, al entrar descubre que allí vive la Bestia, un horrible ser que de inmediato lo recluye en una celda. Bella no tarda en ir en busca de su padre y, al verlo encerrado en los calabozos del castillo, decide ofrecer su vida a cambio de la de él. Es así que ella se convierte en prisionera de la Bestia, que en realidad es un joven y apuesto príncipe, víctima de la maldición de una hechicera, que lo castigó por ser una persona egoísta y cruel.

La única manera de romper el hechizo es que el príncipe ame a alguien y que su amor sea correspondido, antes de que cumpla 21 años. ¿Pero quién podría amar a un ser tan monstruoso como él? ¿Quién podría ver que la belleza de la Bestia está en su interior? Pues nada más y nada menos que Bella, quien ha llegado justo a tiempo para convertirse en la salvación de la Bestia, y de paso para enseñarnos que el amor se forja en base a jaloneos, gritos, órdenes, amenazas y demás ejemplos de violencia verbal, física y psicológica.

La violencia está en el exterior

Sí, Disney nos vendió bien este cuento: La Bella y la Bestia era un ejemplo de que  la belleza está en el interior y -siendo niños-  creímos que esa era la gran moraleja oculta detrás de la película. Pero lo cierto es que no estábamos preparados para ver la violencia de género explícita que compone la base del argumento de esta supuesta historia de amor dirigida al público infantil. Ahora ya más grandes, podemos ver más allá de lo evidente, y encontrar escenas que se acercan más a las de un caso de abuso doméstico o de secuestro que a las de un cuento de hadas con final feliz.

Para comenzar, Bella es la representación de la mujer buena y sacrificada que siempre piensa en los demás antes que en ella misma: salva a su padre ofreciendo su propia libertad a cambio y luego, en un intento fallido por escapar del castillo, cura las heridas de la Bestia a pesar de los maltratos que ha sufrido por parte de este. Es decir, pierde la única oportunidad que tenía de huir para volver al encierro al que él la ha confinado. Es así que poco a poco, guiada por su irremediable bondad y su ilimitada paciencia, ella es capaz de ver en su captor la amabilidad y la generosidad que se esconden detrás de un ser malo y ruin, tal como lo expresa en esta canción:

¿Acaso Bella no es el ejemplo de muchas mujeres que creen que su amor es capaz de transformar a un ser brutal y agresivo, como sus parejas, en un ser bondadoso que aprende a amar?  Ella salva a la Bestia de la muerte, pidiéndole a gritos que no la abandone en un acto que parece guiado más por la necesidad de sentirse protegida –por la costumbre de ser maltratada o por el miedo a estar sola– que por amor.

Luego tenemos a la contraparte de esta historia: la Bestia, un ser iracundo y prepotente, cuya monstruosidad no se encuentra solo en su apariencia sino en su interior. ¿Cuál es la supuesta belleza que Bella tiene que encontrar en él si lo único que recibe de su captor –al menos durante la primera parte de la película- son agresiones de todo tipo, desde gritos hasta jaloneos y amenazas?

La Bestia es una representación acertada del hombre que, víctima de algún sufrimiento –en este caso una maldición- descarga su ira contra los demás -en especial contra su prisionera- y no se hace responsable por las consecuencias de su mal genio. Se supone que el público infantil debe sentir compasión y hasta simpatía por él. Porque después de todo, es un pobre príncipe convertido en monstruo, aislado del mundo y con graves problemas psicológicos.

La Bella y la Bestia no es más que una justificación de la violencia de género, tanto por parte del que la ejerce como de quien la sufre. Mientras el personaje masculino transforma su tristeza en una furia descontrolada, el carácter del personaje femenino raya en los extremos de la tolerancia y la devoción.

* Y si todavía no crees que La Bella y la Bestia es un ejemplo de violencia contra la mujer, después de escuchar esta canción de Porta -un rapero español que se inspiró en este cuento de hadas para contarnos una terrible historia de abuso y maltrato– prepárate para decirle adiós a una de las películas que marcaron tu niñez.

Aquí está la letra de la canción, que por cierto vale la pena leer.

+ Título: La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast). Directores: Gary Trousdale y Kirk Wise. Guión: Linda Woolverton. Género: Animación/Infantil  País: Estados Unidos.  Año: 1991.

Rosario y sus tijeras vengadoras

30 Ene

Fotograma de la película «Rosario Tijeras»

A Rosario la vida
no le dejó pasar ni una,
por eso se defendió tanto,
creando a su alrededor
un cerco de bala y tijera,
de sexo y castigo, de placer y dolor”.
 

Ella es la más brava del barrio, sus besos son mortales y nunca se enamora. Sabe disparar, pero sobre todo sabe usar las tijeras para vengarse del hombre que la violó.

Ella es Rosario Tijeras, protagonista de la novela que lleva su nombre.

Hace unas semanas, mientras paseaba por el Facebook, encontré la foto de una pared anónima en la cual alguien había escrito una frase que decía algo así como tijeretazo para el violador o tijeras contra el agresor, en referencia clara a la castración física como pena contra los violadores. Dicen que las paredes hablan y debe ser cierto, porque esta vez sentí que esa pared me estaba hablando a mí con el único fin de recordarme que tenía una deuda pendiente con Rosario Tijeras.

Dos meses atrás me había prometido a mí misma que escribiría un artículo acerca de ella y sus tijeras vengadoras. Felizmente mi deuda con Rosario era literaria y no corría el riesgo de ser una de sus víctimas, porque si hay algo que ella sabe hacer bien es vengarse.

 

Fotograma de la película «Rosario Tijeras»

 

 Muñeca brava

 «Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte», con estas líneas el escritor colombiano Jorge Franco inicia la historia de uno de los personajes más conocidos de la literatura y la cultura popular colombiana: Rosario Tijeras.

En medio de un barrio marginal de Medellín y teniendo como trasfondo la narcocultura y el mundo de los sicarios, Franco nos narra la historia de una niña como muchas otras, que en medio de la pobreza y la delincuencia es víctima de la violencia: primero es abusada sexualmente a los 8 años por su padrastro, para luego ser violada a los 13 por un par de vecinos. Pero esta vez, Rosario renuncia a su papel de víctima y decide tomar la justicia en sus propias manos.

Pocos meses después del ataque, ella planea fríamente su venganza: con seductores engaños y aprovechando que uno de sus atacantes parece no reconocerla, invita a éste a entrar a su casa y luego de desnudarlo, coge las tijeras de costura de su madre y corta de raíz el mal para siempre, destruyendo el arma de su agresor.

Es entonces cuando surge la leyenda y todos en el barrio comienzan a llamarla Rosario Tijeras, apodo con el que luego sería conocida también años más tarde al convertirse en sicaria.

 

Menos rosarios y más tijeras

En épocas como las nuestras, en que las violaciones impunes contra niñas y mujeres parecen haberse convertido en cosa de todos los días, un personaje como Rosario Tijeras no puede ser otra cosa que una heroína.

Ella es una mezcla explosiva de femme fatale -típica fantasía masculina- y asesina a sangre fría, pero su personalidad es mucho más compleja: también es frágil y firme, temerosa e impulsiva, salvaje y sensible. Rosario es puta, asesina y drogadicta, pero al mismo tiempo es valiente, fuerte e independiente, cualidades éstas últimas que suelen atribuírseles a los personajes masculinos.

A medida que uno va conociéndola mejor, se da cuenta que la Tijeras estaba predestinada para el crimen, su terrible pasado la persigue y la envuelve en un círculo vicioso del cual parece imposible salir. Por eso es tan fácil quererla y admirarla, y perdonarle todos sus pecados porque ella no nació para ser santa.

Con una fuerza a prueba de balas, día a día Rosario pelea con la vida y a veces ella misma se convierte en la muerte, una especie de parca violenta y compasiva, que antes de dispararle en el estómago a su víctima de turno, siempre le da un sensual beso de despedida en los labios.

*Rosario Tijeras es tan popular que además de la canción de Juanes, se han hecho una película y una serie en su honor.

+ Título: Rosario Tijeras. Autor: Jorge Franco. Género: Novela. País: Colombia Año: 1999.