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10 escritoras que se hicieron pasar por hombres

8 May

J. T. Leroy

 “Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo».

(Rosalía de Castro)

Hace varias semanas atrás fui al cine a ver Ojos grandes (Big eyes) y quedé fascinada con la historia de la más reciente película de Tim Burton. En ella se narra un episodio de la vida de Margaret Keane, una pintora norteamericana que solía crear retratos de niñas cuyos ojos grandes reflejaban una profunda tristeza y una desgarradora soledad.

Tras casarse en 1955, Margaret fue testigo de cómo su esposo Walter Keane -de quien adoptó el apellido- comenzó a atribuirse la autoría de los cuadros que ella pintaba. A medida que la popularidad de su obra crecía, su marido le exigía que cumpliera con largas horas de trabajo, encerrada bajo siete llaves en una habitación de la casa en la que vivían con el fin de que nadie descubriera que era Margaret y no él quien pintaba los famosos cuadros.

Pero tras 10 años de anonimato y al cansarse de los abusos de Walter, ella decidió separarse de él y decir la verdad, por eso inició una demanda en contra de su ex pareja para reclamar lo que era suyo: la autoría de su obra.

Margaret y Walter Keane (1955)

La historia de esta pintora inevitablemente me hizo pensar en todas aquellas mujeres artistas, cuyas obras no pudieron disfrutar del reconocimiento que merecían y que tuvieron que vivir bajo la sombra de algún hombre debido al sexismo que ha caracterizado desde siempre el mundo del arte y de la cultura en general.

Una historia similar a la de Keane es, por ejemplo, la de Camille Claudel, una escultora francesa que en vida no gozó del reconocimiento que caracterizó a la obra de su maestro y amante Auguste Rodin. El extraordinario talento de esta joven artista de finales del siglo XIX era innegable, sin embargo su vínculo tan cercano con Rodin hizo que muchos creyeran que la obra de ella había sido realizada por él.

Pero casos como este no sólo se dan en las artes plásticas, sino también en el mundo de las letras. Desde sus orígenes, la literatura ha sido una labor considerada masculina por excelencia y debido a que aún persiste la idea de que escribir es cosa de hombres, he hecho esta lista de 10 escritoras que, en diferentes épocas –desde la victoriana hasta nuestros días- y por diferentes motivos, se hicieron pasar por hombres, ocultas bajo un seudónimo masculino, para poder publicar sus obras o para evitar los prejuicios sexistas del público lector.

En estos casos, podríamos reescribir el dicho popular que dice que “detrás de cada gran hombre hay un gran mujer”: aquí detrás de la obra literaria de un gran escritor estaba una escritora y fue ella quien realmente escribió el libro.

 J.T. Leroy

A Jeremiah Terminator Leroy le bastó la publicación en 1999 de su primera novela titulada Sarah para convertirse no sólo en un autor famoso sino en toda una celebridad de la movida cultural y artística neoyorkina. Sus libros autobiográficos en los que la drogadicción y la prostitución daban cuenta de una vida difícil hicieron de este joven autor veinteañero uno de los más populares de fines de los noventa.

Sus apariciones en público comenzaron a ser cada vez más comunes hasta que en 2005 se descubrió que la verdadera escritora de las 4 novelas que lo lanzaron a la fama era Laura Albert, una mujer de 41 años. Ella confesó que creó a este personaje de un joven escritor desdichado -que encuentra en la literatura el refugio perfecto- porque estaba convencida de que nadie querría leer los libros de una cuarentona.

Para engañar a todos, Albert recurrió a su cuñada Savannah Knopp, quien vestida con un look andrógino encarnó a J.T. Leroy durante los 6 años que duró esta farsa literaria.

Las hermanas Brontë

Las hermanas Brontë

Cuando en 1847 se publicó Jane Eyre, la autoría de la obra estaba a nombre de Currer Bell, un seudónimo literario que ocultaba la identidad de quien había escrito una de las mejores novelas románticas de la literatura inglesa.

Por un momento se pensó que el autor de dicha obra maestra era William Makepeace Thackeray, quien ya había publicado varios libros por ese entonces. Pero poco tiempo después se reveló el misterio: una joven y novel escritora llamada Charlotte Brontë era la artífice de Jane Eyre, un éxito literario que hoy en día es considerado un clásico de la literatura.

Emily y Anne, las dos hermanas de Charlotte, también tuvieron que recurrir a seudónimos masculinos para poder publicar sus obras: Cumbres borrascosas y Agnes Grey, respectivamente.

J.K. Rowling J.K. Rowling

Eran mediados de los 90 cuando Joanne Rowling -una madre soltera desempleada- terminó de escribir su primera novela: Harry Potter y la piedra filosofal. Por ese entonces, la flamante escritora inglesa no podía imaginar que esa obra se convertiría de inmediato en un éxito de ventas en el mundo entero.

Al parecer la editorial que publicó por primera vez su libro tampoco creía posible que Rowling se convirtiera en un fenómeno literario y, convencida de que el público infantil y adolescente no estaría dispuesto a comprar un libro escrito por una mujer, la empresa le pidió que empleara un seudónimo que ocultara su género.

Pero esa no ha sido la única vez que Rowling ha usado un seudónimo. Luego de publicar su primera novela para adultos en 2012 y recibir en su mayoría muy malas críticas por ella, la popular escritora decidió al año siguiente publicar su segunda novela para adultos bajo el nombre de Robert Galbraith. Unos meses después, tras ser testigo de la buena acogida de su reciente obra, J.K. Rowling decidió reconocer públicamente que era ella la autora de la misma.

George Eliot

George Eliot

Cuando a finales de 1850, Mary Anne Evans decidió publicar su primera novela, no dudó en emplear un seudónimo masculino: George Eliot. De igual manera que había ocurrido con las hermanas Brontë -Charlotte, Anne y Emily- Evans creía que ese seudónimo haría que su obra fuese tomada en serio. Por ese entonces pocas mujeres escritoras publicaban con sus nombres verdaderos por temor a que sus escritos no fuesen valorados en sí mismos y pasen a ser catalogados como textos inferiores sólo por haber sido escritos por una mujer.

Colette

Colette

Sidonie Gabrielle Colette tenía tan sólo 20 años cuando en 1893 se casó con el escritor Henry Gauthier Villars, un hombre 15 años mayor que ella. Su flamante esposo no tardaría en notar el talento literario de la joven Sidonie y sin dudarlo le pidió que escribiera una serie de novelas inspiradas en los recuerdos que ella tenía de su niñez y su adolescencia, la cual se titularía Claudine y sería firmada por Gauthier.

La primera obra de la serie, publicada en 1900, se convirtió en un éxito inmediato y fue considerada un fenómeno editorial cuyas ventas sobrepasaron las expectativas del mismísimo Gauthier, quien se llevó los elogios de la crítica y del público. Deseoso de seguir obteniendo ganancias, él -con la excusa de facilitar la concentración de su esposa- decidió encerrar a Colette en la casa que ambos compartían para forzarla a escribir más novelas.

Luego de más de una década en un matrimonio infeliz, Colette decidió divorciarse de Gauthier y al año siguiente publicó Diálogos de animales, el primer libro firmado por ella.

  Cecilia Böhl de Faber

Fernán Caballero

Cuando a mediados de 1800, Cecilia Böhl de Faber y Larrea quiso publicar sus primeras novelas supo que tendría que usar un seudónimo masculino. En la España de ese entonces no era fácil publicar bajo el nombre de una mujer y por eso ella firmaba sus obras como Fernán Caballero.

Desde su juventud e incluso dentro de su familia, Böhl había tenido que hacer frente al machismo: su padre le había dicho que no perdiera el tiempo escribiendo porque esa era una labor masculina ya que, según él, las mujeres no tenían la capacidad intelectual para realizarla.

Sin embargo, nada pudo evitar que ella, aún oculta bajo su seudónimo, se convirtiera no sólo en una de las pioneras de la narrativa femenina española sino también en la dueña de un brillante legado periodístico.

Caterina Albert

Caterina Albert

La primera creación literaria de Caterina Albert titulada La infanticida (1898) fue suficiente para que ella conociera de cerca el conservadurismo y el sexismo que caracterizaba al mundo editorial de su época.

Esta obra suya fue duramente criticada debido al polémico tema que abordaba sumado al hecho de que era una mujer quien lo había escrito. Fue entonces que Albert continuó escribiendo pero haciendo uso del seudónimo Víctor Catalá, con el fin de ocultar su verdadera identidad y no ser víctima de las críticas despiadadas de sus contemporáneos.

Goerge Sand

George Sand

Aunque nació con el nombre de Amandine Dupin, antes de cumplir 30 años, esta joven francesa se cambió el nombre para su debut literario en 1831. A partir de entonces sería conocida como George Sand.

Su inicio en las letras coincidió con su divorcio y con una nueva apariencia: George usaba ropa masculina para moverse con libertad por París y para que se le permitiera entrar en espacios públicos reservados para hombres y en los que el ingreso de mujeres era algo prohibido. Aunque no dejó de usar prendas femeninas, sólo las llevaba puesta en algunas reuniones sociales.

«Matacabros»

14 Sep

Fotografía de Nan Goldin

 

No importaba el día que fuera, pero mejor si era viernes o sábado. El grupo se reunía en la misma esquina de siempre, a esperar a que Polo, el único con carro, pasara a recogerlos. ¿Para qué? ¿Para ir a huevear a Barranco o a Miraflores, dando vueltas como unos fracasados? ¿Para ruquear? No, muy pasado de moda. ¿Para hacer alarde de que ellos ya andaban sobre cuatro ruedas, mientras que los demás seguían a pie? Menos. ¿Entonces? Pues para levantar cabros, ¿y culeárselos?, nada que ver, ni que fueran unos degenerados. Ellos se los levantaban para darles un escarmiento.

Eran como la Hermandad de la Justicia. Polo se parecía bastante a Keanu Reeves, con esa cara de chico bueno e inocentón que les fascinaba a las hembras de quince para abajo, aunque él no era el jefe. El jefe era Kurt, el enigmático del grupo, siempre vestido de negro y con la cabeza rapada en forma de una esvástica, al estilo skinhead. Su rostro denotaba dureza y cuando decía algo, jamás lo repetía dos veces. Lagarto y Apache completaban el cuarteto. De éstos no había mucho que decir, salvo que eran fumones, les jodía el estudio y el riesgo los atraía, sólo con la fuerza que puede ejercer el vacío sobre un suicida.

¿Quieres más?

«Lo de afuera puede cambiar»

27 Jun

Post 76 - Lo de afuera puede cambiar

Un grupo de amigos se reencuentra después de varios años y descubren que el tiempo los ha cambiado a todos: perdieron pelo, crecieron, adelgazaron o cambiaron de identidad de género, pero nada de eso importa. ¡Heheyyyy!

«Bicicleta»

18 Jun

Post 72 - Bicicleta

¿Acaso hay algo más divertido que dos adolescentes en una casa abandonada jugando a travestirse? En este videoclip de Kanaku y el Tigre podrás encontrar la respuesta.

¿Quieres más?

«Saúl»

11 Abr

Post 41 - Saúl

Natalia y La Forquetina nos cuentan la historia de un chico que lucha contra el espejo y sueña con ser una chica.

Le gusta pintarse las uñas, ponerse tacones y usar labial… lo malo es que se llama Saúl y el mundo no lo quiere entender.

¿Quieres más?

Maldición color de rosa

3 Feb
 

Portada del libro en Alfaguara

 “Entre todas las cosas increíbles de este mundo,
le perseguía un fantasma en forma
de encantador vestidito rosa
con frunces y botones de nácar”. 
 

Cuando Billy Simón se despertó un lunes por la mañana no imaginó que iba a ser el peor día de su vida. Y todo por culpa del pomposo vestido rosa que su madre le obligó a ponerse.

Al llegar a la escuela no sólo los adultos comenzaron a tratarlo diferente, sino también sus compañeros de clase. Billy notará, por primera vez, lo distinto que es el mundo cuando eres una niña en el libro Billy y el vestido rosa de Anne Fine. 

Tenía casi 8 años cuando descubrí  Billy y el vestido rosa en la Feria Internacional del Libro de Lima. Entre cantidades ingentes de estantes y libros fue una verdadera suerte encontrarlo. Su peculiar portada inmediatamente me llamó la atención: mostraba a un niño pecoso, con cara de confusión, que llevaba puesto un vestido rosa. Cuando leí su aún más peculiar trama, en la contratapa, hizo que me enamorara a primera vista de este libro.

Ilustración del libro en Alfaguara

¡Rosa, rosa, sólo rosa!

En tan solo un día de clases le sucede de todo a Billy: su profesora lo riñe por no ser lo suficientemente ordenado en sus tareas, es elegido para interpretar a Rapunzel y para servir como modelo en clase de arte. Pero no es el más indicado para llevar una mesa del edificio de preescolar, ni puede jugar fútbol  en el recreo, ni correr libremente a la hora de educación física. Y el causante de todas estas situaciones a las que Billy se ve sometido es el aparentemente inofensivo vestido rosa. Pero ¿realmente es tan inofensivo como parece?

Portada del libro en edición francesa

 La vida no es color de rosa

Es increíble la cantidad de metáforas que encuentras tras leer este libro con ojo crítico y, por supuesto, con algunos cuantos años más de vida. La principal y la más representativa es, sin duda alguna, el vestido rosa.  Como bien es sabido, el vestido se considera una prenda exclusiva de la mujer y el color rosa ha sido por excelencia símbolo de la femineidad, asociado también a la inocencia y la delicadeza, cualidades que se atribuyen usualmente a la mujer.

En este cuento, el vestido rosa es una ingeniosa representación de las características y los roles de la mujer establecidos por la sociedad. Pero al ser Billy un niño, a pesar de las restricciones que el vestido le impone, opta por transgredir las normas tradicionales que los adultos y sus compañeros le exigen cumplir. Para mostrarnos esta transgresión, Anne Fine recurre a otro simbolismo: cada vez que Billy no actúa como se espera que una niña lo haga, su vestido se mancha.

Mediante ejemplos propios de la vida diaria del protagonista, Anne Fine llama a la reflexión sobre el tema de las desigualdades de género; y lo hace de forma tan acertada y directa, que en un estudio realizado en el 2002 por la Universidad de Londres se descubrió que tras leer este libro y discutirlo con un grupo de niños, éstos fueron capaces de notar el diferente trato que se les da a niños y niñas.

Sin duda alguna, un libro altamente recomendable sea cual sea tu edad o género.

+Título: Billy y el vestido rosa (Bill’s New Frock).  Autora: Anne Fine.  Género: Literatura infantil.  País: Gran Bretaña.  Año: 1989.

¿De qué están hechas las niñas?

16 Nov

 

Shuichi y Yoshino disfrazados de niña y niño, respectivamente

 
 
¿De qué están hechos los niños?
De ranas y caracoles
y colitas de perro.
¿De qué están hechas las niñas?
De azúcar y especias
y otras cosas bonitas.
(Canción infantil inglesa siglo XIX)


Shuichi tiene 12 años, es tímido, le gusta escribir y está enamorado de su mejor amiga: Yoshino, una chica desenvuelta a la que le gusta practicar básquet. La atracción que él siente por ella no tendría nada de especial si no fuera porque ambos comparten un secreto: a él le gusta vestirse de niña y a ella, de niño. Entre los salones de clase, el acné y los triángulos amorosos, Shuichi y Yoshino intentarán descubrir quiénes son y de qué están hechos en el anime Hourou Musuko.

Cómo salir del clóset y sobrevivir en la secundaria

A pesar de haber estado metida en el mundo del anime desde hace más de siete años, Hourou Musuko ha sido toda una sorpresa para mí: es una serie que me ha impresionado como ninguna otra, no sólo por su inusual y controversial trama, sino también por el matiz humano y la sensibilidad que se desprende de cada uno de sus personajes.

Shuichi trata de lidiar con el rechazo de su mejor amiga luego de haberle confesado su amor, mientras se pregunta de qué están hechas las niñas, tal como dice la letra de una popular canción infantil; Yoshino no está interesada en el amor pero sí en ocultar los cambios de su cuerpo en plena pubertad; Saori es antisocial y vive enamorada de Shuichi aunque sabe que él sólo la quiere como amiga; Mako es inseguro y se siente atraído por uno de sus profesores; Chizuru es una chica enérgica y que no duda en hacer lo que le provoca aunque eso incluya vestirse con el uniforme masculino; estos son algunos de los memorables personajes de Hourou Musuko, que sienten, dudan y sufren, y son tan complejos y contradictorios como una persona real.

Después de ver un par de capítulos es inevitable comenzar a sentir una gran simpatía por cada uno de los personajes, y si no te sientes identificado con alguno de ellos, al menos te harán recordar a algún amigo o compañero de colegio. Tanto los protagonistas, Shuichi y Yoshino, como los personajes secundarios tienen voz y voto en algún punto determinado de la historia, de tal manera que ninguno de ellos ha sido creado tan sólo para cubrir espacios dentro del argumento, sino que brillan con luz propia y se ven envueltos en sendos dilemas.

Sin duda alguna el realismo que caracteriza a los personajes es el rasgo más destacado de este drama escolar, cualidad que también se ve plasmada en el enfoque que se le da a la trama mediante el recuento de las vivencias típicas (y no tan típicas) de este grupo de adolescentes. De forma profunda, seria y reflexiva, pero a la vez sutil y divertida se aborda el tema de género; el cual es visto como un disfraz o una performance que podemos elegir o actuar a nuestro gusto.

* No sólo el anime es genial, el soundtrack también. Aquí les dejo elopening y el ending para que lo comprueben ustedes mismos. 🙂

+ Hourou Musuko (Wandering Son). Director: Ei Aoki. Estudio de animación: AIC. Año: 2011. Número de capítulos: 11. Basado en el manga de: Takako Shimura.